Podría decir que Julieta mide un metro cincuenta y nueve, que es rubia y que tiene los ojos del color del tiempo, o que suele ser más aplaudida cuando viene que cuando se va. Podría insistir para que se saque fotos sugestivas que usaríamos como carnada para que, quienes están dudando, se atrevan a intentarlo. Y aun así, sabrían muy poco de Julieta.
Quizás sería mejor que dijera que adora comer en Burguer King o que le gusta mucho cocinar, que puede pasar muchísimas horas leyendo o viendo algo que la apasione o que tiene muchas ganas de compartir con alguien desde una caminata por la ciudad hasta las más dulces noches de lujuria. Quizás tendría que decir que es muy habilidosa con sus manos, muy dedicada y siempre presente para sus amigos, ingeniosa y muy agradable. También podría decir que puede llegar a ser cascarrabias y que no está bueno padecerla enojada. Es un ser humano, al fin y al cabo.
Podría hablar de sus defectos pero no voy a hacerlo, porque no soy mi abuela, por ejemplo, que lo primero que le enumeró a mi mamá cuando la conoció fue la lista de defectos de mi papá. Las Celestinas modernas sabemos de marketing o creemos que sabemos.
El “amor de oídas” es una cuestión medieval. Parece que en algún momento de la historia fue posible que hombres y mujeres se enamoraran simplemente por las cosas que habían oído de alguien.
Quizás hoy sea posible lograr aunque sea una primera empatía a través de lo que uno lee sobre alguien. Ya lo veremos.